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Primero admitidos con todos los honores, luego expulsados. Así ha parecido en el transcurso de la discusión. Pero qué sucedió realmente. Martin Rhonheimer analiza los detalles del tema

ROMA, 22 de octubre de 2014 – La homosexualidad ha sido uno de los temas más controvertidos en el reciente sínodo extraordinario sobre la familia, como prueba la diferencia abismal entre el parágrafo dedicado a ella en la "Relatio" final y los tres parágrafos de la anterior "Relatio", elaborada en la mitad de la discusión.

"Relatio" final:

"55. Algunas familias viven la experiencia de tener en su interior personas con orientaciones homosexuales. Al respecto nos hemos interrogado sobre qué atención pastoral es oportuna frente a esta situación, refiriéndonos a lo que enseña la Iglesia: 'No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia'. Sin embargo, los hombres y las mujeres con tendencias homosexuales deben ser acogidos con respeto y delicadeza. 'Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta' (Congregación para la Doctrina de la Fe, "Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales", n. 4)".

"Relatio post disceptationem":

"50. Las personas homosexuales tienen dones y cualidades para ofrecer a la comunidad cristiana: ¿estamos en grado de recibir a estas personas, garantizándoles un espacio de fraternidad en nuestras comunidades? A menudo desean encontrar una Iglesia que sea casa acogedora para ellos. ¿Nuestras comunidades están en grado de serlo, aceptando y evaluando su orientación sexual, sin comprometer la doctrina católica sobre la familia y el matrimonio?

 

"51. La cuestión homosexual nos interpela a una reflexión seria sobre cómo elaborar caminos realísticos de crecimiento afectivo y de madurez humana y evangélica integrando la dimensión sexual: por lo tanto se presenta como un importante desafío educativo. La Iglesia, por otra parte, afirma que las uniones entre personas del mismo sexo no pueden ser equiparadas al matrimonio entre un hombre y una mujer. Tampoco es aceptable que se quieran ejercitar presiones sobre la actitud de los pastores o que organismos internacionales condicionen ayudas financieras a la introducción de normas inspiradas a la ideología gender.

"52. Sin negar las problemáticas morales relacionadas con las uniones homosexuales, se toma en consideración que hay casos en que el apoyo mutuo, hasta el sacrificio, constituye un valioso soporte para la vida de las parejas. Además, la Iglesia tiene atención especial hacia los niños que viven con parejas del mismo sexo, reiterando que en primer lugar se deben poner siempre las exigencias y derechos de los pequeños".

Primero por el cardenal relator Péter Erdö y luego por el presidente delegado Raymundo Damasceno Assis, fue señalado como autor de estos tres parágrafos el secretario especial del sínodo Bruno Forte, a quien el papa Francisco quiso en este rol.

 

Pero también es indicativa la prehistoria de estos parágrafos. Dos de los tres padres sinodales que en el aula habían planteado el argumento – ellos solos sobre casi doscientos presentes – han apoyado efectivamente sus argumentaciones sobre afirmaciones del papa Jorge Mario Bergoglio.

El arzobispo de Kuching, John Ha Tiong Hock, presidente de la Conferencia Episcopal de Malasia, Singapur y Brunei, se remitió al pasaje de la entrevista de Francisco en "La Civiltà Cattolica", en la cual el Papa pide a la Iglesia que madure y reformule sus propios juicios sobre la comprensión que el hombre de hoy tiene de sí mismo – también en materia de homosexualidad, ha especificado el arzobispo – con la misma disposición al cambio que había mostrado en el pasado, al mutar radicalmente sus propios juicios sobre la esclavitud:

 

El padre Spadaro, desobedeciendo las órdenes de la secretaría general del sínodo, luego hizo pública su intervención en el aula:

Intervento di p. Antonio Spadaro S.I.

La "Relatio post disceptationem", en los tres parágrafos dedicados a la homosexualidad, retomó y desarrolló ulteriormente lo dicho en el aula por el arzobispo malasio, por el padre Spadaro y por el cardenal Christoph Schönborn, el tercero que intervino sobre el tema.

Pero la posterior discusión en el sínodo hizo pedazos los tres parágrafos y de ellos no confluyó prácticamente nada en la "Relatio" final, que sobre la homosexualidad se limita a remitir a lo que ya está dicho por el Catecismo de la Iglesia Católica y por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Luego de dos semanas de acalorada discusión en el sínodo, pareció que la discusión ha retornado al punto de partida.

Retomando la sana doctrina

¿Pero cuál es este punto de partida, más allá de las magras indicaciones de la "Relatio"? Es decir, ¿cuál es la lectura que el magisterio y la teología moral católica, en sus sedes oficiales, ofrecen de la cuestión de la homosexualidad?

Desde el punto de vista teológico y filosófico, el artículo que sigue es una nítida fotografía de la visión clásica en la materia, sobre las huellas trazadas por santo Tomás de Aquino.

El autor es Martin Rhonheimer, suizo, sacerdote del Opus Dei, profesor de Ética y Filosofía Política en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma.

 

SOBRE EL CARÁCTER NO RAZONABLE DE LOS ACTOS HOMOSEXUALES

por Martin Rhonheimer

Quiero profundizar aquí la idea central de la "verdad de la sexualidad", es decir, la idea que la sexualidad humana posee su verdad propia que, sin desvalorizar la bondad intrínseca como vivencia afectiva y sensual, la trasciende y la integra en el conjunto de la dimensión espiritual de la persona humana. [...]

La verdad de la sexualidad es el matrimonio. Es la unión entre personas en las que la inclinación es vivida como elección preferencial – "dilectio" – y en la que se convierte en amor, donación mutua, comunión indisoluble, abierta a la transmisión de la vida y amistad en vistas de una comunidad de vida que perdura hasta la muerte. Así, en este contraste preciso – el contexto de la castidad matrimonial que incluye el bien de la persona y se trasciende hacia el bien de la especie humana – es que la vivencia sexual, también en sus dimensiones afectivas, impulsivas y sensuales se presenta también como auténtico "bonum rationis", como algo intrínsecamente razonable y bueno para la razón. [...]

 

Los actos sexuales – a saber, la cópula carnal – y la vivencia sexual, en cuanto actos razonables, son entonces necesariamente y por su propia naturaleza expresión de un amor en el contexto de la transmisión de la vida.

Por el contrario, una actividad sexual que excluya por principio tal contexto, tanto en modo intencionalmente buscado (como en el caso de la anticoncepción referida a actos heterosexuales) como en modo "estructuralmente" dado (tal es el caso de los actos homosexuales) no es un bien para la razón, precisamente como sexualidad y como vivencia sexual. Se pone a nivel de un mero bien de los sentidos, de una afectividad truncada, estructuralmente reducida al nivel sensual, instintivo e impulsivo.

Tal reducción sensual del amor y de la afectividad es también lógicamente posible en el caso de los actos heterosexuales, también más allá del caso de la anticoncepción, y en el matrimonio. Pero en el caso de la homosexualidad esa reducción no es solamente intencional y voluntariamente buscada, sino "estructural", dada por el hecho mismo que se trata de personas del mismo sexo, que por motivos biológicos y por su misma naturaleza no pueden ser procreativos.

 

La causa última de este tipo de reducción está en el hecho que se trata – sobre la base de las elecciones conscientes y libres – de una sexualidad sin obligación o sin "misión", de una inclinación sensual que no se trasciende hacia un bien humano inteligible por encima de la sola vivencia sensual. La experiencia – también la de los homosexuales practicantes, muchas veces tan dolorosa – lo confirma. [...]

En el caso de la homosexualidad, la separación entre sexualidad y procreación es entonces estructural. Por eso se trata también de actos estructuralmente no razonables y, en consecuencia, moralmente no justificables por su misma naturaleza. Son lo que tradicionalmente los moralistas llaman un pecado "contra naturam", aunque en el horizonte de una afectividad orientada hacia la satisfacción del impulso sensual esos actos pueden parecer razonables y justificables y, al menos por un cierto tiempo, pueden ser subjetivamente vividos como tales.

 

La amplia cultura hodierna de separación entre sexualidad y procreación torna cada vez más difícil la comprensión de la intrínseca no-razonabilidad de los actos homosexuales. Esta cultura, favorita a nivel global por el fácil acceso a los medios anticonceptivos y ahora convertida en algo normal, es el carácter distintivo de esa "revolución sexual" que es también una verdadera y auténtica revolución cultural. Una de las consecuencias de esta revolución es que el matrimonio es cada vez menos entendido como proyecto de vida y más concretamente como proyecto con una trascendencia social, vale decir, capaz de unir a dos personas que miran al futuro y que tienen como objetivo común el de constituir una familia que persista en el tiempo.

En este sentido, las uniones homosexuales no pueden definirse como familias, aun cuando en su seno se encuentren niños adoptados o "hechos" mediante modalidades de tecnología reproductiva. Esas "familias" formadas por parejas del mismo sexo no son más que una imitación de lo que es la verdadera familia: un proyecto realizado por dos personas mediante su amor, su don recíproco en la totalidad de su ser corpóreo y espiritual. Las "familias" de parejas homosexuales no podrán realizar jamás este proyecto, ya que el amor que está a la base de estas uniones – a saber, los actos sexuales que pretenden ser actos de amor esponsal – es estructural y necesariamente infecundo, dada su propia naturaleza.

Por cierto, es diferente el caso de una pareja heterosexual que por razones que son independientes de la voluntad de ambos partner no puede tener hijos y por esta razón adopta uno o más niños. En este caso, en efecto, su unión es por su propia naturaleza – vale decir, estructuralmente – de tipo generativo. Por esta razón es que cambia también la estructura intencional y el carácter moral del acto de adopción: éste adquiere el valor de una realización alternativa de algo para lo cual la unión conyugal está predispuesta por naturaleza, y solamente impedida por "accidens". La no-fecundidad es entonces "praeter intentionem" y no entra en la valoración moral. Así el acto de adopción puede participar en la estructura de fecundidad intrínseca del amor matrimonial.

 

No se puede decir lo mismo en el caso de una pareja formada por personas del mismo sexo. En este caso, la infecundidad es estructural y es asumida intencionalmente a través de la libre decisión de formar justamente este tipo de unión. Aquí no existe ningún nexo entre el amor matrimonial y la adopción, ya que el primero (el amor matrimonial que incluye la apertura a la dimensión procreativa) está totalmente ausente. Por eso el acto de adopción en una unión homosexual es pura imitación – un acto falso – de aquello para lo cual el matrimonio está predispuesto por su propia naturaleza.

Una última observación: todo juicio sobre la homosexualidad, su intrínseca no razonabilidad e inmoralidad, se refiere obviamente sólo y únicamente a los actos sexuales entre personas del mismo sexo. Pero no se trata de un juicio sobre la mera disposición a tales actos que, aunque se la considere no razonable, no tiene carácter de error moral, en la medida en que esa disposición no es apoyada.

 

Y mucho menos se trata de un juicio sobre las personas con tendencias homosexuales, sobre su dignidad y su valor moral, el cual puede ser puesto en discusión solamente por la práctica de actos homosexuales y por la elección de un respectivo estilo de vida, libremente elegido como bien, porque constituiría una elección moralmente equivocada y por eso mala, capaz de alejar del verdadero bien humano.

Por el contrario, un homosexual que se abstenga de la práctica de actos homosexuales puede vivir la virtud de la castidad y todas las otras virtudes, llegando también al más elevado nivel de santidad.

por Sandro Magister

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